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La doctrina opresiva del ‘Minimalismo’

  • Foto del escritor: Estefania Vázquez
    Estefania Vázquez
  • 14 abr 2021
  • 7 Min. de lectura

Foundation Collection
Carl Andre

Se ha vuelto un ritual ostentoso de auto sacrificio consumista; la gente que ha tenido dinero ahora parece que prefiere tener nada en absoluto. Y así como mirar a los pájaros o hacer la dieta paleo, hablar sobre la depuración material es tan importante como hacerla realmente. Hay algunas publicaciones de blogs, donde puedes ver como el optimismo minimalista se convierte en algo tirano.

Una cuenta reciente llamada “Como el minimalismo me brindó felicidad y gozo” es emblemático sobre el comienzo del desarrollo, de su autor (un emprendedor rico en serie, James Altucher) en su articulo (poseer pocas cosas, mayormente accesorios) a sus párrafos de un enunciado. Altucher explica que dejó su casa permanente, metas de vida y emociones negativas. Tiró a la basura su diploma universitario, que estuvo arrumbado en el sótano con polvo. ("No me aferro a todas las cosas que la sociedad me dice que tengo que aferrarme".) Ahora el no carga nada más que una bolsa de ropa y una mochila con su laptop, tableta y su teléfono celular. "No tengo otras posesiones" el escribe, y gracias a esto él encontró paz y como un nómada tecno-austero. La versión de Silicon Valley de la vida zen de los monjes.

A pesar de sus connotaciones de ausencia, últimamente el “minimalismo” ha estado resaltando en todos lados, como brillantes retoños floreciendo en la obscuridad de la post recesión americana. Desde las casas pequeñas (Tiny Houses) a micro apartamentos, a ropa monocromática hasta tendencias de diseño de interiores —la visión de paredes blancas con algunas plantas de suculentas— Ahora "menos" va más adelante que nunca. Es fácil sentirse abrumado por el exceso minimalista, ya que la palabra puede aplicarse en cualquier cosa. Las casi cuatro millones de imágenes con la etiqueta #minimalismo en Instagram incluyen tenis blancos, nubes, los cuadros de Mondrian, letreros neon, paredes de ladrillos y campos de pasto. Siempre y cuando sea elegantemente austero, parece ser que es minimalismo.

Para los ricos que lo practican, el minimalismo es ahora un poco más una perversión un tanto intrigante, como beber alcohol en el desayuno.

De las filosofías pop y estética (aesthetic), el minimalismo presenta una cura de todo para un cierto sentido de exceso del capitalismo. Tal vez tenemos una resaca del exceso de la pre-recesión — Súper mansiones, autos deportivos, cocteles neón, cocina fusionada— y el minimalismo es el tónico saludable. En pocas palabras es el método para dar frente a la austeridad inducida por la recesión, un colectivo espiritual y una limpieza cultural, porque de todas formas fuimos forzados a consumir menos. Pero como consecuencia de una marca peculiarmente americana (es decir, paradójica y contraproducente) de ascetismo puritano, este nuevo estilo de vida minimalista parece que siempre termina habilitando nuevos modos de consumo, un verdadero exceso de nada. Realmente no es minimalismo.

El significado de la palabra no era del todo literal cuando apareció por primera vez; “minimalismo” fue popularizado en 1965 como un insulto. En un artículo publicado por Arts Magazine, el filósofo inglés Richard Wllheim la usó para describir un grupo de artistas cuyo trabajo era característico por tener “contenido de arte mínimo” — Esto es, falta de arte. Arreglando ladrillos en el piso de una galería (como Carl Andre hizo) o fabricando cajas de metal (Donald Judd) o iluminaciones neones (Dan Flavin) simplemente no entraban en la estimación de Whollheim, lo suficiente para hacer un objeto digno de ese título. Por una buena razón, los artistas señalaron en el artículo que no se identificaban con la denominación de Wollheim. Ellos usaron intencionalmente materiales industriales para alejarse de su trabajo. En su perspectiva, esta frugalidad formal era una corrección necesaria al individualismo heroico de La Escuela de Nueva York de Expresionismo Abstracto. (Después de un tiempo, que es lo que se puede ver en un Pollock más que al mismo Pollock?) Pero el nombre se quedó.

Aun así, los artistas eran maximalistas de: la austeridad de sus objetos, liberaron al espectador para experimentar el trabajo de la manera que ellos desearan. “El minimalismo puede regresarte a este estado básico donde uno percibe puramente” dijo David Raskin, un profesor de historia contemporánea en La escuela del Instituto de Arte de Chicago. “Menos es más porque desechas lo familiar” abriendo una oportunidad para ver el mundo sin preconcepciones. Los objetos deben verse mundanos, en lugar de una caja plana de metal en el suelo, es la experiencia sensorial contrastante que el objeto incita a entender lo que es el arte, sin necesitar conocimientos previos. El artista abre una infinidad radical de posibilidades. “El minimalismo en los años 60 estaba mucho a la par de tomar LDS” menciona Miguel de Baca, un profesor asociado del Colegio de Historia de Arte de Lake Forest.

“El minimalismo” fue eventualmente canonizado como un movimiento de arte histórico, pero el nombre comenzó a significar algo diferente conforme fue adoptado en la cultura del consumo y convertido en una clase de importancia. Lo que una vez fue una forma en la que el artista sorprendía al espectador, a lo largo de las décadas se convirtió en un estilo delimitado y consumible como cualquier mesa hecha por Martha Stewart. La palabra fue transgredida, ya no era un insulto crítico, ya no era una estrategia viable dentro del arte —A pesar de eso nunca abandono a su provocación. Incluso la austeridad puede ser decente: Para los ricos que lo practican, el minimalismo es ahora un poco más una perversión un tanto intrigante, como beber alcohol en el desayuno. “Uno de los verdaderos problemas con el minimalismo del mundo del diseño es que solo se convirtió en una importante elite global.” Comentó Raskin. “Entre más rico eres, es menos lo que tienes.”

La estética del minimalismo de materias primas y la agresiva simplicidad filtrada en la moda, diseño y arquitectura, donde se convierte en un producto lujoso, algunas veces con ayuda de los mismos artistas. El loft de Donald Judd en Nueva York ahora es un icono del minimalismo higienizado, abierto a turistas. Su Fundación Chinati, una instalación permanente de concreto y cajas de metal en y alrededor de una base militar decomisada en Marfa, Texas, es el sitio de peregrinaje hípster. Incluso aparece en “10:04” de Ben Lerner, una novela sobre la tardía ansiedad del capitalismo. El protagonista visita el pueblo en la residencia de un artista, donde él recorre el paisaje desértico, fiestas con jóvenes y accidentalmente ingiere ketamin — pero es la instalación de Judd que provee esa epifanía. En las esculturas, el escribe: “combinado para colapsar mi sentido del interior y el exterior.” El trabajo de Judd “había llegado a contener el mundo.”

Generalmente manejado por la tecnología, esta mejora es costosa y exclusivamente de marcas por y para la elite.

El minimalismo de hoy, por contraste, es visualmente opresivo; viene con una presión inherente para ajustarse a sus preceptos. La blancura, en un sentido literal es buena. El desorden, heterogéneo, es malo — el impulso opuesto del minimalismo artístico. Es una ansiedad inducida indistinguible de otras formas del consumismo, nada revolucionario. ¿Poseo las cosas correctas? ¿He desechado lo suficiente de las cosas que son malas? En una entrevista reciente con la revista Apartamento, con tomas del interior de la casa completamente blanca en Rockaway, Queens, el creador de tendencias y director de MoMa PS1, Klau Biesenbach explico: “No pretendo poseer cosas.”

El minimalismo ahora está combinado con la auto mejora, la tendencia que también resulto en los que buscan la vida ‘fitness’ y la comida Soylent Green (Una verdadera comida minimalista, que no parece nada, pero inspira pensamientos de todo lo demás). Generalmente manejado por la tecnología, esta mejora es costosa y exclusivamente de marcas por y para la elite. En Silicon Valley, el fetichismo del minimalismo puede ser quizá remontado a en los 80’s con el famoso apartamento austero de Steve Jobs (sentado en el suelo) y la simplicidad acompañando a los productos Apple. Reduce, y tú también podrías tener una empresa de $700 billones. En un tranquilo foro en Reddit sobre minimalismo debatieron el valor de los productos Muji, sobre que pasatiempos cuentan como minimalmente apropiados, en un intento comunal de vivir lo más eficaz posible, que quizá no sea la más alegre forma de vivir.

Estos minimalistas ambiciosos lo presentan como un final lógico al estilo de vida, cultura e incluso a la moralidad: si conseguimos solo las cosas correctas, las cosas perfectas y abandonamos todo lo demás, entonces seremos libres de la tiranía de nuestros deseos. Pero muy a menudo provee una permanencia estética, así como una moral muy elevada, es ser un iluso. Y ahora el péndulo se balancea de regreso hacia atrás.

Escribiendo en The Atlantic en marzo, Arielle Berstein describió la prohibición del desorden en el minimalismo como un “privilegio” que va en contra del valor atribuido a una abundancia de objetos por aquellos quienes han sufrido de la carencia de estos — las personas menos empoderadas como los refugiados o los inmigrantes. El movimiento, tal como es, está dirigido en gran parte por un grupo de hombres quienes alegremente se deshacen de sus posesiones como como si repudiaran las ventajas por las cuales las obtuvieron. Pero toma mucho ser minimalista: el capital social, un nido seguro y acceso a internet. La tecnología que llamamos minimalista debe caber en nuestros bolsillos, pero depende de una gran infraestructura sombría, de servidores con aire acondicionado e incluso sombrías fábricas chinas. Como el protagonista de Lerner observó en “10:04”, incluso una comodidad aburrida como un frasco de café instantáneo que llega gracias a una frágil y tremenda red de conexiones global derrochadora , una cadena logística que desafía toda lógica, respaldada por trabajadores explotados y una vasta degradación ambiental.

Hay una arrogancia en el minimalismo de hoy en día, que presume proporcionar una respuesta en lugar de, como se pretendía originalmente, con una pregunta: ¿Que otras perspectivas son posibles cuando ves al mundo de una manera diferente?. El fetichismo de austeridad y el ascetismo performativo del minimalismo es un tipo de enfermedad cultural en curso. Mal interpretamos el despojo material, una austeridad estética y en blanco, espacios vacíos como símbolo de la absolución capitalista, cuando estas tendencias realmente solo nos brindan más formas de servir a nuestro impulso de consumir más, no menos.

The Oppressive Gospel of ‘Minimalism’ - Kyle Chayka Traducción: Estefanía Vázquez Pichardo

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